
No sabemos si se trata de un personaje creado por Julio Cortázar. Sabemos que no es un cronopio y sospechamos que no le gustan los famas. Mide un metro con sesenta y nueve centímetros. Pesa menos de 69 kilogramos. Nació en Argentina en 1987. Antes de su primera docena de vida ya se sabía que su meta era el cielo. Una docena después es el mejor futbolista del mundo y necesitarán otra docena para bajarlo de allí.
Este pequeño gordito camuflado entra a las canchas en el bus del Barca, vistiendo ropa común y unas chancletas de playero, con unos audífonos quizá para no escuchar su nombre mientras ríe tímido hacia el túnel de entrada de los estadios como si fuera un anónimo empleado bancario. Pero a pesar de esa vocación de anonimato en ropa de civil, y de unos compañeros que brillan con luz propia en la galaxia azulgrana, todas las miradas se dirigen hacia sus pasos cortos y se posan sobre su sonrisa de adolescente que acaba de cortar clases.
Se trata de un gigante de cinco pies y cinco pulgadas. Con el torso alargado, blancas piernas cortas, y diminutos brazos con dedos de operador de Play Station, es un astro en el uno contra uno como una pulga que se adentra en la espalda de un perro Pitbull, que arresmillada trata de zafarse pero no puede.
El humilde y escurridizo argentino tiene lo que a muchos más altos y corpulentos le falta. Tiene velocidad, garra y resolución. Su mirada no se distrae por la hermosa rubia que cruza las piernas en la primera fila del Camp Nou. Sus ojos no se detienen en la copa que sostiene la hija del abonado del traje más caro del Corte Inglés. Su memoria no se congela en la hermosa morena que mordió su oreja en la noche anterior. Solo fija su mira en el balón, y su meta es la zona de peligro que regentea el arquero adversario de los dientes filosos y las manos de plomo.
Su radar está situado en medio de su pecho, dentro de las letras de la Unicef, y más adentro está el cuatro de controles que habita en el corazón. Ahí es donde envía las señales a su cerebro, no al revés, porque los hijos directos de la creación no relegan las emociones por los números. Su armadura emocional se cose a partir de las zapatillas, se tejen dentro de sus piernas, se refuerzan en las rodillas, se clavan en sus caderas con tornillos de elástico y se amarran al torso de acero elástico. Su pecho es una pared de titanio y su cuello construido con ladrillos de metal. Su rostro es una réplica del chico que encontraron un día pateando balones en una calle sin salida de Rosario.
Pero todo eso es mentira, es una alucinación de un hincha que se ha fumado un pitillo. Lo cierto es, y está comprobado científicamente, que se trata de un robot hecho por Pelé, Maradona, Johan Cruyff y Alfredo Di Stéfano, para vengarse del virus de la fama. Su metro sesenta y nueve es un espejismo, ya que mide tres metros en realidad. Su peso de 69 kilogramos en un dato falso ya que no hay balanza que pueda sostenerlo. Su velocidad no puede ser registrada por una computadora porque no la pudieron programar a tiempo. Su agilidad no puede apreciarse porque el ojo humano no está preparado para ello. Todo eso ha sido demostrado en todas las canchas, solo las lesiones han sido capaces de impedir que lo demuestre. Pero una vez en el rectángulo de grama no hay quien pueda evadir su mirada, sentir sus latidos, acercarse a su sudor, porque como la pulga en el cuello no hay forma de que el perro la muerda. Es el héroe humilde que nunca tuvimos. La fama asesinó a Diego, hirió de muerte a Pelé, secuestró a Cruyff y mantuvo a Di Stéfano en cautiverio. Ya sabremos si la fama ha encontrado su dueño. Solo sabemos de quién se trata. Su nombre es Messi, Leo Messi, y ahí no termina la cosa.




